-No des a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.
-¿Por qué?
-Porque no hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. El alma no conserva ningún conocimiento que haya entrado en ella por la fuerza.
-Cierto.
-No emplees, pues, la fuerza, mi buen amigo, para instruir a los niños; que se eduquen jugando, y así podrás también conocer mejor para qué está dotado cada uno de ellos.

(Platón)



domingo, 29 de agosto de 2010

jueves, 26 de agosto de 2010

Carta al padre

CARTA AL PADRE. Por F. Kafka (Extractos)

Querido padre:"Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.
"Para ti, el asunto fue siempre muy sencillo, por la menos por lo que hablabas al respecto en mi presencia y también, sin discriminación, en la de muchos otros. Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y a cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos) pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Ottla en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos. Si haces un resumen de tu juicio sobre mí, surge que no me reprochas nada que sea en realidad indecente o perverso (excepto, tal vez, mi reciente proyecto de matrimonio), sino mi frialdad, mi alejamiento, mi ingratitud. Y me lo echas en cara como si fuese culpa mía, como si mediante un golpe de timón hubiese podido, dar a todo esto un curso distinto, en tanto tú no tienes la menor culpa, salvo tal vez la de haber sido excesivamente bueno conmigo.
Esta consabida interpretación tuya me parece correcta sólo en lo que se refiere a tu falta de culpa en cuanto a nuestro distanciamiento. Pero también estoy yo igualmente exento de culpa. Si pudiera conseguir que reconocieras esto, entonces sería posible, no digo una vida nueva -para ello los dos somos ya demasiados viejos-, pero sí una especie de paz, no un cese, pero sí un atenuamiento de tus incesantes reproches.
Es extraño, pero tú tienes un presentimiento de lo que quiero decirte. Así por ejemplo, me dijiste hace poco: "Yo siempre te he querido, aunque no como ellos". Ahora bien, padre: yo en verdad nunca dudé de tu bondad para conmigo pero no me parece que tu observación sea exacta. Tú no sabes fingir, eso es cierto, pero si pretendes, sólo por esa razón, afirmar que los otros padres fingen, se trata, o bien de simple terquedad, imposible de discutir, o bien de una expresión encubierta de que hay algo que no anda bien entre nosotros, y que tú contribuyes a causar, aunque sin culpa. Si realmente es ésa tu opinión, estamos de acuerdo. No digo, por supuesto, que he llegado a ser lo que soy sólo por tu influencia. Eso sería muy exagerado (y bien que me siento atraído hacia tal exageración). Es muy posible que, aun si hubiese estado totalmente libre de tu influencia durante mi desarrollo, no hubiera podido llegar a ser tampoco la clase de persona que tú quieres.
Yo hubiese sido feliz teniéndote como amigo, como jefe, tío o abuelo, y hasta (aunque en esto ya vacilo) como suegro. Pero precisamente como padre has sido demasiado fuerte para mí, tanto más cuanto que mis hermanos murieron siendo niños aún, y las hermanas llegaron sólo mucho más tarde, de manera que yo tuve que soportar completamente solo el primer choque, y para eso era débil, demasiado débil.
Yo era un niño tímido, pero seguramente también terco, como deben ser los niños; sin duda mi madre me mimaba también, pero no puedo creer que fuera tan difícil tratarme que una palabra cariñosa, un
silencioso asirme de la mano, una mirada dulce no hubieran podido obtener de mí lo que quisieran. En el fondo, eres un hombre bueno y afable (esto no está en contradicción con lo que sigue, ya que solamente hablo de la apariencia con que influías sobre mí, cuando era niño), pero no todos los niños tienen la perseverancia y la intrepidez suficientes como para buscar mucho tiempo hasta llegar a la bondad.
Por cierto, no puedo describir ahora concretamente tus recursos educativos de los primeros años, pero bien puedo imaginármelos infiriéndolos de los años siguientes y de tu manera de tratar a Félix. Y debe considerarse que todo se acentuaba en aquel entonces, porque eras más joven, y en consecuencia más espontáneo, más fogoso, más primitivo, más despreocupado que hoy y que, además, te hallabas por completo absorbido por el negocio; que yo te veía apenas una vez en el día, y por lo tanto, la impresión que me causabas era más honda aún, y nunca llegó a disminuir con la costumbre.
Sólo recuerdo con claridad un suceso de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Una noche, yo, lloraba sin cesar pidiendo que me trajeran agua, no sin duda porque tuviera sed sino probablemente en parte para fastidiar y en parte para entretenerme. Como algunas amenazas violentas no habían producido efecto, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y me dejaste allí un rato, en camisa, solo ante la puerta cerrada. No pretenderé decir que eso estaba mal, puede ser que en ese momento no hubiese otra forma de conseguir el descanso nocturno, pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y su efecto sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un daño interior. Nunca pude establecer, de acuerdo con mi naturaleza, la relación correcta entre lo lógico, para mí, de aquel absurdo pedir agua con lo extraordinariamente terrible de verme llevado afuera. Todavía años más tarde me perseguía la visión aterradora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin motivo, venir de noche a sacarme de la cama y llevarme al balcón, a tal punto yo no era nada para él.
Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a
tu influencia. Me hubiese sido necesario un poco de estímulo, un poco de cordialidad que me allanara ligeramente el camino; en cambio, tú me cerrabas el paso, indudablemente con la buena intención de desviarme hacia otro. Pero yo no servía para eso. Tú, por ejemplo, me alentabas cuando hacía bien el saludo militar, el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me estimulabas cuando podía comer mucho y aún tomar cerveza, o cuando lograba repetir canciones incomprensibles o repetir tus frases usuales, pero nada de eso pertenecía a mi porvenir. En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, me hubiera sido necesario el estímulo. Si tu sola presencia física ya me aplastaba... Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desvestíamos juntos en una casilla. Yo flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no sólo frente a ti, sino ante el mundo entero, porque tú eras para mí la medida de todas las cosas. Pero después salíamos de la Casilla e íbamos entre la gente, yo tomado de tu mano, un esqueleto pequeño, vacilante, descalzo sobre las tablas, temeroso del agua, incapaz de imitar tus movimientos para nadar que, con la mejor intención, pero en realidad para mi vergüenza profunda, tú repetías constantemente para enseñarme.
A ella correspondía, además, tu supremacía espiritual. Tú habías llegado tan alto mediante tu propio esfuerzo que por eso tenías una ilimitada confianza en tu parecer. Desde tu sillón gobernabas el mundo. Tu opinión era la correcta, y cualquier otra, absurda, exagerada, insensata, anormal. Tu confianza en ti mismo era tan grande que no necesitabas siquiera ser consecuente para que no dejaras, sin embargo de tener razón. Podía suceder también que acerca de un asunto no tuvieras opinión alguna, pero entonces todas las opiniones que fueran posibles con respecto a ese asunto tenían que ser falsas sin excepción. Podrías, por ejemplo, despotricar contra los checos, después contra los judíos, y esto en cualquier sentido, sin discriminación alguna, y al fin no se salvaba nadie, excepto tú. Asumías ante mí el enigma de los tiranos, cuyo derecho se funda en su persona y no en la razón. Por lo menos, así me parecía.
Ahora bien, con asombrosa frecuencia tenías razón de hecho contra mí. En la conversación, esto se sobreentendía, pues casi nunca se hacía posible el diálogo entre nosotros, pero también la tenías en la
realidad. No obstante, esto tampoco era muy incomprensible: todos mis pensamientos se hallaban bajo tu poderosa presión, incluso también aquellos que no coincidían con los tuyos, y especialmente éstos.
Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa: "Yo ví cosas mejores", o "me conmueves con tus preocupaciones”… Naturalmente, no era posible exigirte que demostraras entusiasmo por cada pequeñez infantil, ya que vivías sumido en preocupaciones y problemas. Pero no se trataba de eso. Se trataba más bien de que siempre y de hecho ocasionabas desilusiones al niño con tu espíritu de contradicción.
Eso se refería tanto a los pensamientos como a los seres humanos. Bastaba con que yo demostrase algún interés por alguna persona (cosa que, debido a mi carácter, no sucedía muy a menudo) para que tú, en seguida, sin consideración alguna para mis sentimientos ni respeto por mi opinión, te entrometieras con insultos, difamaciones y calumnias. Incomprensible me resultó siempre tu absoluta insensibilidad por el daño y el dolor que podías ocasionarme con esas palabras y esos juicios; era como si, no tuvieses la menor conciencia de tu poder.
Como por lo común me encontraba contigo durante la hora de las comidas, tu enseñanza en gran parte versaba sobre el correcto comportamiento en la mesa. Lo que se colocaba sobre la mesa debía comerse; no era permitido opinar sobre la calidad de la comida, pero tú, a menudo, la encontrabas incomible, la llamabas "la bazofia", la "bestia" (la cocinera) la había echado a perder. Como, debido a tu apetito excelente y tu peculiar preferencia, tragabas la comida con rapidez, caliente, y a grandes bocados, los niños debían apresurarse; un silencio sombrío reinaba en la mesa, sólo interrumpido por amonestaciones: "primero come, después habla", o "pronto, pronto", o "mira, hace rato que yo terminé". Los huesos no podían morderse, pero tú sí podías; el vinagre no podía sorberse, pero tú sí podías. Lo principal era cortar el pan en forma correcta, pero no tenía importancia que tú lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa. Había que cuidar que no cayesen migas al suelo, pero al terminar, donde más restos había era debajo de tu silla. Una vez sentados a la mesa, sólo era permitido ocuparse en comer. Pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, sacabas punta a lápices, te hurgabas las orejas con escarbadientes. Te ruego, padre, que me comprendas bien: todos éstos hubieran sido detalles sin importancia, pero se tornaron deprimentes para mí porque tú, un hombre tan enormemente decisivo en mi vida, no cumplías los preceptos que me dictabas. Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor. Así se movían, no las reflexiones, sino los sentimientos del niño….
Y además, sin poder alegar nada en contrario, ya que contigo resulta imposible iniciar una conversación tranquila si no estás de acuerdo de antemano con el asunto que se tratará o, simplemente, si no parte de ti. Tu temperamento dominante no lo permite. En los últimos años eso lo explicabas atribuyéndolo a tu nerviosidad cardíaca, pero yo no puedo decir que alguna vez haya sido esencialmente distinto; cuanto más, esa nerviosidad cardíaca es para ti un pretexto para ejercer tu dominación, ya que tomarla en cuenta obliga al otro a ahogar forzosamente el último intento de contradicción. No se trata de un reproche, por supuesto, sino de la comprobación de una realidad.
La imposibilidad de una relación apacible tuvo otra consecuencia más, sin duda natural: perdí la costumbre de hablar. De cualquier manera, nunca seguramente hubiera llegado a ser un gran orador, pero hubiese dominado el lenguaje humano con fluencia normal. Pero desde muy temprano tú me prohibiste la palabra; tu amenaza: "¡ni una palabra de protesta!" y la mano levantada al mismo tiempo, me acompañan desde siempre. Adquirí una manera entrecortada, tartamudeante de hablar en tu presencia (cuando se trata de tus asuntos, tú eres un excelente orador), y aún eso era demasiado para ti, de manera que finalmente me quedé callado, al principio, tal vez por terquedad y más tarde porque en tu presencia no podía ni pensar ni hablar. Y como tú eras mi verdadero maestro, todo esto influyó para siempre sobre mi vida en general. Cometes un gran error si crees que nunca me he sometido a ti.
Y también en esto aparecía tu indescifrable falta de culpa e inmunidad; tú insultabas sin el menor escrúpulo, pero también condenabas y prohibías los insultos de los demás. Reforzabas los insultos con amenazas, y éstas ya me alcanzaban también a mí. Me aterraba, por ejemplo, la siguiente: "Te destrozaré como un pez". A pesar de saber yo que nada peor seguía a tales palabras (por cierto, cuando era niño no lo sabía), mi concepción de tu poder casi me convencía de que eras capaz de hacerlo.
Aquí pueden mencionarse también las amenazas acerca de las consecuencias de desobedecerte. Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable.
Perdí la confianza en mis actos.
Tenías singular confianza en la educación mediante la ironía. Ella era también lo que más se adecuaba a tu superioridad sobre mí. Una exhortación de tu parte tenía habitualmente esta forma: "¿No puedes hacer esto así o así?, ¿esto con seguridad ya sería demasiado para ti?, ¿para esto naturalmente ya no tienes tiempo?" u otra parecida, y cada una de estas preguntas acompañada por una sonrisa maliciosa y un rostro agrio. Uno estaba castigado, en cierto modo, antes de saber que había hecho algo malo.
Hubo también, por suerte, momentos de excepción, en particular cuando sufrías en silencio, y el amor y la bondad vencían con su intensidad los obstáculos y conmovían invariablemente. Sucedía raras veces, pero era maravilloso. Así por ejemplo, cuando se te veía en el negocio, en los ardientes días del verano, dormitando a mediodía, después del almuerzo, cansado, el codo apoyado en el escritorio; o cuando venías a visitarnos los domigos, en nuestro lugar de veraneo, rendido de fatiga; o cuando mi madre estaba gravemente enferma, y tú, estremecido por el llanto, te aferrabas a la biblioteca; o cuando estuve enfermo yo, la última vez, y viniste silenciosamente a verme, en el cuarto de Ottla, y te paraste en el umbral, y estiraste el cuello a fin de verme en la cama, y me saludaste sólo con la mano, por consideración. En tales momentos, se echaba uno a llorar de felicidad, y hoy vuelvo a llorar mientras lo escribo.
Tienes también un modo particularmente bello y poco frecuente de sonreír, tranquilo, apacible y afable, capaz de hacer por entero feliz a aquel que lo recibe. No puedo recordar si durante mi infancia tu sonrisa me fue dedicada especialmente alguna vez, pero sin duda ha debido ser así, ya que no puede admitirse que me la hayas negado entonces, cuando aún te parecía inocente, cuando era todavía tu gran esperanza.
Por mi parte, tampoco estas impresiones cordiales han tenido a la larga otro efecto que el de aumentar mi sentimiento de culpa, haciendo que el mundo me fuera más incomprensible aún.
Es verdad que mi madre fue infinitamente buena conmigo, pero aún esto se hallaba, a mi modo de ver, referido a ti: en relación nada buena por lo tanto. Mi madre, sin saberlo, desempeñaba el papel del batidor en una cacería. Ella intercedía con su bondad, con su palabra sensata (en la confusión de mi infancia ella era para mí el arquetipo de la sensatez), devolviéndome el equilibrio, pero también empujándome de nuevo hacia tu círculo, del cual, de otra manera, quizá me hubiera evadido, para bien de ambos. O bien la situación se presentaba de manera tal que no se producía una reconciliación verdadera; mi madre sólo me protegía, en secreto, de ti, me daba algo en secreto. Y entonces yo volvía a ser otra vez el ser que huye de la luz, el estafador, el culpable consciente, el cual, debido a su nulidad, debía alcanzar por caminos tortuosos aquello a que creía tener derecho.
Con mayor acierto dirigías tu aversión contra mi escribir y contra todo aquello que, desconocido para ti, se relacionaba con esa actividad. Realmente, en ella me había independizado y alejado un buen trecho de ti, aun cuando la situación recuerde la de un gusano que, aplastado por un pie en su parte trasera, avanza con la parte anterior y se arrastra hacia un costado. Me sentía en cierto modo a salvo, podía respirar; la aversión que por supuesto sentías por mis escritos me resultaba, por excepción, sumamente grata. Si bien mi vanidad y mi amor propio sufrían con ese saludo, ya famoso entre nosotros, con que recibías mis libros: "¡Déjalo sobre la mesa de luz!" (casi siempre estabas jugando a los naipes cuando llegaba mi libro), en el fondo eso me agradaba, no sólo por mi maldad no saciada todavía, no sólo por el placer de esa nueva confirmación de mi concepto acerca de nuestras relaciones, sino antes que nada porque aquella fórmula me sonaba como si dijeras: "¡Ahora eres libre!" Naturalmente, se trataba de un engaño, yo no era libre, o bien, en el caso más favorable, aún no lo era.
Mis escritos trataban de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía presentarte a ti, en persona. Era una despedida de ti, que yo dilataba intencionadamente, y a la cual tú me forzabas, pero que tomaba un camino elegido por mí.

Seguramente ninguno de vosotros tiene una relación tan traumática con su padre, aunque puede tener problemas para digerir la figura de la autoridad. ¿Qué opinaís de esta carta? ¿Está Kafka exagerando, porque es un "blando"? ¿No está cometiendo una injusticia con su padre? ¿Podía haber hecho algo diferente? ¿Qué papel debe representar un padre? ¿Es imaginable una carta similar dirigida a una madre?
...

martes, 24 de agosto de 2010

Pensamiento en verso, VIII


Velas

Días por llegar están delante nuestro
como una fila de velas encendidas…
doradas, cálidas y vívidas velas.

Días pasados caen detrás nuestro,
una lóbrega fila de velas consumidas;
todavía humean las más próximas,
frías, fundidas y torcidas.

No quiero mirarlas: sus formas me entristecen,
me entristece recordar su luz original.
Miro adelante mis velas encendidas.

No quiero girarme, no quiero ver, aterrado,
con qué rapidez esa oscura fila se alarga,
con qué rapidez una nueva vela muerta sigue a otra.

Constantino Kavafis


miércoles, 18 de agosto de 2010

Pensamiento en verso, VII


Otra vez Eros sacude mi mente
como el viento agita en el monte las encinas

(Fragmento de Safo, poetisa griega del siglo VI a. c.)


Amor y egoísmo (Otras filosofías, I)

Según la principal filosofía hindú (la filosofía Vedanta), el origen de todos los sufrimientos es el egoísmo, es decir, creernos el centro absoluto del mundo y no reconocer que somos sólo una parte o aspecto de una unidad superior. El sabio hará lo que crea que es bueno, sin pensar en su interés torpemente egoísta, porque lo que es mejor para uno es mejor para todos.

Os copio un fragmento de un texto de un maestro hindú:

Muchas de las cosas a que dedican los hombres su vida le acarrean más dolor que felicidad, porque buscan las cosas por la felicidad, en vez de buscar las cosas por sí mismas. Si ponen su felicidad en alguna cosa o persona, abren la puerta al dolor y la desdicha, pues nada externo puede satisfacer los anhelos del alma, y la decepción llegará necesariamente, porque la esperanza en cosas o personas causa pena y sufrimiento, en vez de la felicidad deseada.
Hasta la noble emoción del amor ocasiona dolor a quien egoístamente ama. La filosofía yoguística [hindú] alaba el amor en grado sumo, pero enseña que el amor egoísta acarrea sufrimiento. Cuando decimos que amamos a una persona, generalmente queremos decir que deseamos que esa persona nos ame a nosotros, y somos desdichados al no vernos correspondidos. El verdadero amor es altruista, desinteresado, y fluye hacia el ser amado sin pedir correspondencia. El verdadero amor da, mientras que el amor egoísta exclama: dame. El verdadero amor irradia como la luz del sol, mientras que el amor egoísta atrae hacia sí como un torbellino.
Si uno ama a otro de tal manera que si su amor no es correspondido se considera infeliz, se esclaviza a las circunstancias, a las emociones y a las pasiones de aquel a quien ama. Está ligado de tal modo que sufrirá el dolor del desengaño, el desdén, y el olvido, porque el amor egoísta acaba por desvanecerse, con honda pena y sufrimiento de quien cifre en él su felicidad. El amor de la persona libre de egoísmo es más intenso y no depende de la manifestación del afecto del ser amado. Es puro amor, y no la pasión egoísta y sensual que burdamente lo imita. (Yogui Ramacharaka)

Me pregunto: ¿tiene razón este hombre? ¿Debe ser desinteresado el amor? ¿no esperar nada a cambio?
Y, si es así, ¿conocéis a alguien que ame como dice este hombre que habría que amar? ¿Es posible un amor así para un hombre?

jueves, 12 de agosto de 2010

Pensamiento en verso, VI

Un (escalofriante) poema que Cesare Pavese escribió poco antes de suicidarse.



The cats will know

Aún caerá la lluvia
sobre tus dulces suelos,
una lluvia ligera,
como un aliento o paso,
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
cuando tú vuelvas.
Entre flores y alféizares
los gatos lo sabrán.

Seguirán otros días,
seguirán otras voces.
Sonreirás a solas.
Los gatos lo sabrán.
Oirás palabras antiguas,
palabras cansadas, vanas,
como trajes gastados
de las fiestas de ayer.

Tú también harás gestos,
responderás palabras,
rostro de primavera.
Tú también harás gestos

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera;
Y la lluvia ligera
y el alba color jacinto
que hieren el corazón
de quien ya no te espera,
son la triste sonrisa
con la que ríes a solas.
Seguirán otros días,
voces y despertares.
Sufriremos al alba,
rostro de primavera.

Cesare Pavese. 1950

domingo, 8 de agosto de 2010

Pensamiento en verso, V.


Cuando llegue la primavera,
si ya me he muerto,
florecerán las flores de la misma manera
y los árboles no serán menos verdes que la Primavera pasada.
La realidad no me necesita.
Siento una enorme alegría
al pensar que mi muerte no tiene ninguna importancia.

Si supiese que iba a morirme mañana
y la Primavera iba a llegar pasado mañana,
me moriría contento, porque ella llegaría pasado mañana.
Si ése es su tiempo ¿cuándo había de llegar sino en su tiempo?
Me gusta que todo sea real y que todo esté en orden;
Y me gusta porque sería así aunque no me gustase.
Por eso, si me muero ahora, muero contento,
porque todo es real y todo está bien.

Si queréis, podéis rezar sobre mi féretro.
Si queréis, podéis bailar y cantar a su alrededor.
No siento preferencia para cuando ya no pueda sentir preferencia.
Lo que sea, cuando sea, es lo que ha de ser lo que es.

("Alberto Caeiro" Fernando Pessoa)

martes, 3 de agosto de 2010

Pensamiento en verso. IV


(Hablando con su mujer, muerta)

Soñe que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan  verdaderas!...
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!


Antonio Machado


domingo, 1 de agosto de 2010

Pensamiento en verso. III

Un poco de agua



A este copo de nieve

que se posa en mi mano, querría

asergurarle eternidad

haciendo de mi vida, de mi calor,

de mi pasado, de estos días del presente,

un instante simplemente: este instante, sin límites.



Pero ya no es más

que un poco de agua, que se pierde

en la bruma de los cuerpos que van en la nieve.



Ybes Bonnefoy