-No des a la enseñanza una forma que les obligue a aprender por la fuerza.
-¿Por qué?
-Porque no hay ninguna disciplina que deba aprender el hombre libre por medio de la esclavitud. El alma no conserva ningún conocimiento que haya entrado en ella por la fuerza.
-Cierto.
-No emplees, pues, la fuerza, mi buen amigo, para instruir a los niños; que se eduquen jugando, y así podrás también conocer mejor para qué está dotado cada uno de ellos.

(Platón)



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martes, 9 de marzo de 2010

¿Cómo saber (que se sabe (cuando se sabe))?

(diálogo quizás verídico)

-¿La Verdad? ¿¡Qué es la Verdad!? –cuentan que con esta pregunta contestó su señor Poncio Pilatos a la respuesta de nuestro señor Jesucristo…
Lo que el evangelio no cuenta (porque no era su tema) es que a Pilatos se le quedó el problema en la cabeza, y más o menos a la hora en que clavaban a Cristo en la cruz, junto a dos malhechores, Pilatos hizo llamar a sus intelectuales de palacio:
-A ver, vosotros, que no me saco de la cabeza este problema. Decidme la verdad: ¿qué es la verdad?
-¿Qué quiere decir, señor?
-Que en qué consiste que una cosa que yo diga sea verdad… ¡y no me hagáis la pelota, diciendo que nunca me equivoco!
-Señor –dijo uno-, según un sabio griego, llamado Aristóteles, la verdad consiste en pensar o decir que es lo que es, y que no es lo que no es. Y la falsedad es justo lo contrario, o sea, decir que es lo que no es, y que no es lo que es.
-¿Puedes ponerme un ejemplo? –le dijo Pilatos-: hoy he tenido tantos juicios que tengo el juicio un poco espeso.
-Claro, señor. Por ejemplo, si digo que está lloviendo, y está lloviendo, digo la verdad.
-Parece muy claro –dice Pilatos-. Aunque… a veces me pregunto si tengo que pagaros para eso…
-Señor –intervino otro sabio-, permitid que os interrumpa…
-¿Qué quieres?
-Es que –dijo el otro- yo, siguiendo a otra escuela, no creo que sea verdad lo que mi compañero dice que es la Verdad.
-¿Y qué dices tú que es? –dijo Pilatos.
-Veréis –contestó-, yo creo que, en verdad, nada es verdadero (salvo lo que dice su majestad, se entiende…)
-¿Qué dices, chalado? ¿Crees que me voy a creer que soy tan especial? Y ¿de dónde sacas tú que nada es verdad?
-Un sabio griego –dijo el otro-, llamado Gorgias, decía que, como todo lo que pienso está en mi pensamiento, y no puedo salir de él, entonces, o todo lo que pienso es verdadero, o todo es falso. Pero como no me puedo creer que haya, por ejemplo, una batalla de carros en el mar, aunque lo esté pensando, entonces, todos mis pensamientos son inciertos.
-O sea, que según tú, se equivoca Aristóteles cuando dice que la Verdad es decir que es lo que es…
-Es que, mi señor, no podemos saber lo que es, sino sólo lo que creemos nosotros, y no hay manera de salir de ahí… Además, si pensar es pensar lo que es, ¿en qué estamos pensando cuando pensamos en los unicornios, que no existen?
-¡Qué liantes sois! –dijo Pilatos-. Cada vez tengo más dudas de que deba manteneros, panda de rufianes. ¿Eso es todo lo que me puedes enseñar, si dices que nada es verdad? A ver –Pilatos se volvió al tercero-, tú, dame también tú tu opinión!
-Señor –dijo el otro, casi temblando- yo, siguiendo a otro viejo maestro griego, llamado Protágoras, digo que no debéis temer lo que acaba de decir mi compañero, porque la verdad es que… todo lo que penséis es verdadero.
-¿Otro pelotillero? –exclamó Poncio.
-No, señor –contestó el tercer sabio-, no me refiero sólo a usted, sino a todos.
-¿¡Cómo!? ¿Quieres decir que Barrabás también dice siempre la verdad?
-No, claro –dijo el otro- quiero decir que, cuando no mienten, todos creen la verdad.
-O sea, que nadie se equivoca, nunca…
-Cada uno ve las cosas como las ve, y tiene que creer lo que ve. Desde su punto de vista, así son las cosas.
-¿Pero, no decís los sabios que hay puntos de vista equivocados?
-Eso, señor, es una simple forma de hablar. En realidad, la realidad es una para cada uno, y nadie puede sobrevolar las realidades de los demás para saber cuál se acerca a la realidad única, así que eso para nosotros… no tiene sentido.
-Pero ¿no dicen nuestros sumos sacerdotes que los dioses saben la verdad?
-Sí claro, señor, yo no me meto en teología, porque de eso no entiendo. Sobre esos asuntos yo me lavo las manos… Hablo como simple filósofo.
-¡Canalla! ¿Crees que no noto que te cachondeas de mí? ¿Así que, según Aristóteles y tú –mirando al primero- podemos saber y decir la verdad; según Gorgias y tú –al segundo- todo es falso; y según tú –mirando al tercero- todo es verdadero… Muy bien, muy bien. Así que lo mismo daba que soltara a Barrabás o no, que crucificase a ese judío harapiento o no… Vamos a hacer una cosa: os vais a ir al cuarto de pensar y no vais a salir de allí hasta que no os pongáis de acuerdo. Hasta entonces, no vais a comer ni beber ¡y os prometo que eso va a ser verdad de la buena! Claro que, a vosotros no os importará ¿no?
-Perdón, señor –dijo el primero de los sabios-, a mí sí.

Saber algo, se supone, es tener en la mente lo mismo que hay en la realidad.
Pero
-¿Cómo puede haber en la mente lo mismo que en la realidad?
-¿Cómo podemos saber eso?