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jueves, 6 de septiembre de 2012
La Educación prohibida. Una crítica positiva
Puede leerse aquí mi crítica positiva de la película La Educación Prohibida.
martes, 28 de agosto de 2012
A mis futuros alumnos (epístola no-moral)
Queridos chicos, chicas, y otros seres
que en pocos días veré entrar al colegio
(a algunos de vosotros ni os conozco)
nerviosos, sea en silencio sea riendo,
seguramente ya los vientecillos
que corren estas tardes por el pueblo
os han dicho que empieza a terminarse
Verano (siempre azul y pasajero)
y otra vez vuelve a estar de vuelta Otoño,
…que no es la vuelta del recogimiento
y el mosto, como cantan los poetas,
sino que, según cantan los comercios,
para vosotros es la “vuelta al cole”.
Conozco lo que ahora estáis sintiendo
(es lo que sienten y sentimos todos):
vuelve el dejar la cama aún con sueño
(siempre es temprano para quien madruga
porque en verdad no quiere estar despierto),
vuelven las horas fijas y la fila,
las siete horas al pupitre estrecho,
al frío encerado, al fluorescente frío,
frío techo, fría pared, helado suelo;
vuelve el temor a no estar a la altura,
a no entender y responder a tiempo,
y al fin caer del lado de los malos
cuya sonrisa es de aburrido hielo.
Sé lo que estáis sintiendo ahora, sí,
como sabéis vosotros lo que siento:
todos los hombres saben lo que siente
el miedo y el hastío de vuestro cuerpo,
porque el adulto está por varios sitios
duro de aquel hastío y miedo vuestro:
ha fabricado a partir de ellos fábricas
y está encerrado en una cárcel de ellos.
Es como el miedo frío que uno siente
cuando prepara un equipaje escueto
para irse al hospital, y sin saber
si pasará el helado examen médico;
o como el que sentimos poco antes
de que el hujier nos llame en el proceso
y sin saber si sabremos latín
de juez, o no, y nos condenaremos;
es ese frío tembleque que la Ley ,
cuando te llama, te mete en el pecho.
Porque es la
Ley la que te llama, hijo,
y debes presentarte y estar presto.
Ella te hizo, dice, alguna vez,
te puso nombre, traje y documento,
y cobra una vez más tu vida en pago,
tiene un destino para ti, su siervo.
Queridos seres, hoy me gustaría
saber hacer un poco por haceros
saber que todo eso es poco más
que un cuento, un tenebroso y triste cuento,
una mentira gorda y pegajosa,
un error enmohecido y macilento.
Me gustaría (aunque apenas os conozco
a todos) que miraseis sin su velo
las cosas, con los ojos de... no sé
como llamarlo: amor, luz, pensamiento
(quiero decir, lo que no es letra y muerta,
lo que caliente tiembla allí por dentro);
y que el temblor de nuestra carne fuese,
cuando vengáis, no el del purito muermo,
sino el escalofrío de lo que crece.
Veréis, habría que desmontar primero
cómo la Ley
estaba equivocada
(no es figuréis, ni os lo creáis -no es cierto-
si os dicen –que os dirán- que es desde siempre,
que está ya demostrada sin remedio).
Esto podríamos razonarlo así:
dice la Ley
que tú, yo y todos estos
somos iguales, como gotas de agua,
igual que indivisibles elementos,
y nos conviene y es nuestro deber
-dice la Ley-,
por tanto, igual sendero,
y que es por eso por lo que nos sienta
en un pupitre igual, y que por eso
las horas y las filas son iguales,
nos dan un libro igual e igual cuaderno
donde apuntar iguales los palotes,
y nos someten a un igual tormento.
Somos, admite, un poco desiguales,
o más iguales unos que otros: esto
pues no hay más que uno si es del todo idéntico,
y a ella le interesa que haya muchos
iguales en su numeroso ejército
de tuercas igualitas, de igualitos
pitidos al pasar por el cajero);
si uno es un poco diferente, pues,
pero no rompe mucho el regimiento,
le dejará quedarse (siempre y cuando
se avenga a ser usado de escarmiento).
Pero si es otro ya muy desigual,
muy feo o guapo, alto o bajo, lento
o rápido, no puede ir con los unos,
irá con sus iguales, con los menos,
o más (que más o menos es igual)
¡no rompa la tersura del silencio!
Pero lo cierto, si pensáis un poco
es que esto es solo un mal razonamiento:
¿de dónde se ha sacado, aquella Ley,
que yo he de ser lo que yo no deseo?;
¿cómo, si es bueno lo que manda, puede
dolerte tanto el enderezamiento?;
¿dónde está escrito –que no sea en la Ley-
que ya está escrito lo que merecemos?
Es que la Ley
se traza unos patrones
y tiene que meterlo todo en ellos.
No puede trabajar sin sus estantes
ni sabe ella abrazar si no es con metros.
Si uno no cabe, deberá caber,
le corta el pie, la mano, el culo, el cuello;
porque la Ley
tiene la vista corta,
tiene los ojos un poquito ciegos
(¿cómo, si no, sería tan distinta
de amor como es?), y no es capaz a un tiempo
de ver a los contrarios siendo uno
(que dijo el viejo Heráclito de Éfeso):
Y es que, aunque todo es uno, también todo
es diferente, aun de sí mismo, y ello
no hay ley que lo soporte, ni soporta
iglesia, escuela, industria, banco, ejército.
Es gran locura prescribirle a uno
si debe ser o no ni esto ni aquello:
uno es lo que es, y lo que deba ser
él mismo lo irá siendo y descubriendo.
Está la Ley
también equivocada
y mucho en lo que se refiere al tiempo,
pues cree que existe y que es como una fila
de puntos como los del hormigueros,
y que la vida es ir dando saltitos
del uno al otro hasta llegar a enésimo,
y allí coger la cáscara de pipa
para guardarla para el crudo invierno.
Aquí la Ley
tampoco entiende nunca
que el vivo solo está en este momento,
que todo ahora está lleno de vida
y toda vivo está de ahora lleno.
A veces, cuando se nos muere un niño
sin ser aún ciudadano hecho y derecho,
se cree la necia Ley que se ha frustrado,
por más que fue perfecto en cada juego.
¡Como si fuese bueno vivir para
lo que no llega ni cuando estás muerto!
Mas donde más la
Ley mete la pata
yo pienso que es en eso del dinero,
o sea, en confundir ser y tener,
o sea, en confundir valor y precio
(pues los errores anteriores son
hijos tan solo de este error más grueso).
Se le figura que no hay cosa alguna
que valga nada, mas que el oro en peso.
Pesa las almas con metal o plástico,
piensa que el fin se compra con un medio.
Llama valioso a lo que sirve, y hecha
lo que no sirve para nada, al fuego.
¡Como si no valiese ya infinito
lo que es (como lo es todo) en sí ya bueno!
Aquí la Ley
es incapaz de ver
que nada que esté en venta vale un bledo;
no ve que solo hacemos cuando amamos
y que tan solo amamos cuando hacemos;
no entiende que quien crea, no puede estar
poniendo en otra cosa el pensamiento.
Aquí a la Ley
se le ve su peor cara:
odia el hacer, lo llama sufrimiento,
(¡y esto lo siente hasta de la poesía!,
Y esto lo piensa aun del conocimiento!),
cree que el trabajo es un castigo duro
y que el descanso es el único premio:
le gustaría estar quieta. Aquí se ve
que la Ley
sueña con el cementerio.
En fin, que ni es verdad que nos obligue
la lógica a ser bichos homogéneos,
ni a que un instante valga menos que otro
ni a que se pueda hacer, del bien, comercio,
sino que lo sensato es que seamos
en cada instante lo que más queremos,
sin despreciar lo que la Ley desprecia
ni hacer del precio de la Ley aprecio.
¿Qué puede entonces uno, me diréis,
hacer con ella, con ese esperpento?
(porque está claro que estorbar estorba
como una caja, siempre está por medio,
huele como a lejía, suena a lata,
se empeña en ser nosotros), ¿qué le haremos?
Yo creo que hay que tratarla como tratas
a un gruñón tonto: con cariño pero
poniéndole en su sitio siempre, nunca
dejar que viva de la piel adentro.
Por eso, cuando en unos pocos días,
(¡si se los cuenta con el reloj hueco!,
porque quizás con otra cuenta pasa
que os pase algo que rompe el universo
de aquí a que empiece el curso) cuando, digo,
la marioneta de los ministerios,
os diga antes de nada ya las fechas
de exámenes en que estaréis suspensos,
las páginas de haberes y deberes,
las horas puntuales de bostezo,
vosotros con vuestra mirada (esa
que está… no sé como llamarlo: dentro)
sepáis verlo de toda otra manera,
no tan en prosa, mucho más en verso:
¿exámenes, deberes, ejercicios,
pruebas con aprobados y suspensos?
¡que sea un examen de nosotros mismos,
que el ejercicio sea el de nuestro juego,
que los deberes sean nuestros quereres,
y estemos suspendidos en el viento!
Si, como dicen sabios muy antiguos,
felicidad es premio del ser bueno,
si ser bueno es ser libre, y si ser libre
es querer lo que sé y saber qué quiero,
entonces nada puede salir mal
si cuando aprendo solo me divierto.
Y si el esbirro de la ley os dice
que nada grande se hizo sin esfuerzo,
decidle sin temor pero sin odio
que sin amor no se hizo nada bello,
y que el esfuerzo es como el salpullido
que sale cuando al alma falta aliento.
¡A lo mejor, como por un milagro
de los que la ilusión tiene el secreto,
el aula se hace añicos o se vuelve
una bonita habitación de encuentro
de amigos que se enseñan y se aprenden
a ser un poco menos prisioneros!
Pero eso, si es que quiere uno que pase,
tiene primero uno que creerlo.
lunes, 13 de agosto de 2012
La Educación Prohibida (la película)
Ya puede verse la película LA EDUCACIÓN PROHIBIDA, una reflexión crítica acerca de la escuela convencional y una propuesta alternativa, muy interesante:
http://www.youtube.com/watch?v=-1Y9OqSJKCc&feature=youtu.be
http://www.youtube.com/watch?v=-1Y9OqSJKCc&feature=youtu.be
miércoles, 21 de diciembre de 2011
¿Dónde está Finlandia? (reedición)
Dicen que el mejor sistema educativo es el de Finlandia.
¡NO PUEDE SER,
porque:
-Los colegios no tienen vallas
-aprueba prácticamente todo el mundo (menos de un 1% de fracaso escolar)
-tienen descansos cada 45 minutos
-tienen muy pocas horas de clase
-una tercera parte de ellas son prácticas
-se toman las clases como un juego
-los alumnos se autoevalúan
-los profesores ¡creen en la pedagogía y se dedican a motivar al alumno!
-ningún alumno es "maleante" ni "vago"
-no se separa a los buenos y sabios de los malvados e ignorantes
-no existe prácticamente la enseñanza privada (un 1%, y es gratis),
-ser profesor es como ser aquí ser médico, está bien considerado y tiene un alto nivel de formación, tanto en su materia como en pedagogía (aunque no ganan más dinero que aquí)
-etc, etc
ES IMPOSIBLE QUE UN SISTEMA ASÍ SEA UN MODELO!
¡NO PUEDE SER,
porque:
-Los colegios no tienen vallas
-aprueba prácticamente todo el mundo (menos de un 1% de fracaso escolar)
-tienen descansos cada 45 minutos
-tienen muy pocas horas de clase
-una tercera parte de ellas son prácticas
-se toman las clases como un juego
-los alumnos se autoevalúan
-los profesores ¡creen en la pedagogía y se dedican a motivar al alumno!
-ningún alumno es "maleante" ni "vago"
-no se separa a los buenos y sabios de los malvados e ignorantes
-no existe prácticamente la enseñanza privada (un 1%, y es gratis),
-ser profesor es como ser aquí ser médico, está bien considerado y tiene un alto nivel de formación, tanto en su materia como en pedagogía (aunque no ganan más dinero que aquí)
-etc, etc
ES IMPOSIBLE QUE UN SISTEMA ASÍ SEA UN MODELO!
jueves, 17 de febrero de 2011
Ideas geniales sobre educación
Detrás de cada triunfo está la motivación que constituye su fundamento y que a su vez se ve fortalecida por la consecución del fin del proyecto. Ahí residen las principales diferencias, esenciales para el valor educativo de la escuela. El mismo esfuerzo puede surgir del temor y la coacción, del deseo ambicioso de autoridad y honores, o de un interés afectivo y un deseo de verdad y comprensión, y por tanto de esa curiosidad divina que todo niño sano posee, si bien tan a menudo se debilita prematuramente. La influencia educativa que ejerce sobre el alumno la ejecución de un trabajo puede ser muy distinta, según provenga del miedo al castigo, la pasión egoísta o el deseo de placer y satisfacción.
Para mí lo peor de la escuela es que utiliza como fundamento el temor, la fuerza y la autoridad. Este tratamiento destruye los sentimientos sólidos, la sinceridad y la confianza del alumno en sí mismo. Crea un ser sumiso. El poder del maestro debe basarse lo menos posible en medidas coactivas, de modo que la única fuente de respeto del alumno al profesor sean las cualidades humanas e intelectuales de éste.
La motivación más gratificante del trabajo, en la escuela, en la vida, es el placer que proporciona el trabajo mismo, el que ofrecen sus resultados y la certeza del valor que tienen estos logros para la comunidad. Para mí la tarea decisiva de la enseñanza es despertar y fortalecer estas fuerzas psicológicas en el joven. Esta base psicológica genera por sí sola un deseo gozoso de obtener la posesión más valiosa que pueda alcanzar un ser humano: conocimiento y destreza artística.
Hacer surgir estos poderes psicológicos productivos es, por supuesto, más difícil que utilizar la fuerza o despertar la ambición individual, si bien tiene un mérito más elevado. Todo consiste en estimular la inclinación de los niños por el juego y el deseo infantil de reconocimiento y guiar al niño hacia dominios que sean beneficiosos para la sociedad; la educación se funda así en el anhelo de una actividad fecunda y de reconocimiento.
Una escuela de este tipo exige que el maestro sea una especie de artista en su actividad.
No es suficiente enseñar a un hombre una especialidad. Aun cuando esto logre convertirlo en una especie de máquina útil no tendrá una personalidad desarrollada de manera armoniosa. Es indispensable que el estudiante adquiera una comprensión de los valores y una profunda afinidad con ellos. Tiene que alcanzar un vigoroso sentimiento de lo bello y de lo moralmente bueno, De lo contrario, la especialización de sus conocimientos lo asemejarán más a un perro adiestrado que a una persona de desarrollo culto y equilibrado.
La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura fundada en la utilización inmediata matan el espíritu en que se asienta toda la vida cultural, incluido el conocimiento especializado. Es asimismo vital para una educación fecunda que se desarrolle en el joven una capacidad de pensamiento crítico independiente, proceso que corre graves riesgos si se sobrecarga al educando con distintas y variadas disciplinas. Este exceso lleva sin duda a la superficialidad. La enseñanza debe ser de tal índole que lo que se ofrece se reciba como un don valioso y no como un penoso deber.
(Albert Einstein, Mis creencias)
Para mí lo peor de la escuela es que utiliza como fundamento el temor, la fuerza y la autoridad. Este tratamiento destruye los sentimientos sólidos, la sinceridad y la confianza del alumno en sí mismo. Crea un ser sumiso. El poder del maestro debe basarse lo menos posible en medidas coactivas, de modo que la única fuente de respeto del alumno al profesor sean las cualidades humanas e intelectuales de éste.
La motivación más gratificante del trabajo, en la escuela, en la vida, es el placer que proporciona el trabajo mismo, el que ofrecen sus resultados y la certeza del valor que tienen estos logros para la comunidad. Para mí la tarea decisiva de la enseñanza es despertar y fortalecer estas fuerzas psicológicas en el joven. Esta base psicológica genera por sí sola un deseo gozoso de obtener la posesión más valiosa que pueda alcanzar un ser humano: conocimiento y destreza artística.
Hacer surgir estos poderes psicológicos productivos es, por supuesto, más difícil que utilizar la fuerza o despertar la ambición individual, si bien tiene un mérito más elevado. Todo consiste en estimular la inclinación de los niños por el juego y el deseo infantil de reconocimiento y guiar al niño hacia dominios que sean beneficiosos para la sociedad; la educación se funda así en el anhelo de una actividad fecunda y de reconocimiento.
Una escuela de este tipo exige que el maestro sea una especie de artista en su actividad.
No es suficiente enseñar a un hombre una especialidad. Aun cuando esto logre convertirlo en una especie de máquina útil no tendrá una personalidad desarrollada de manera armoniosa. Es indispensable que el estudiante adquiera una comprensión de los valores y una profunda afinidad con ellos. Tiene que alcanzar un vigoroso sentimiento de lo bello y de lo moralmente bueno, De lo contrario, la especialización de sus conocimientos lo asemejarán más a un perro adiestrado que a una persona de desarrollo culto y equilibrado.
La insistencia exagerada en el sistema competitivo y la especialización prematura fundada en la utilización inmediata matan el espíritu en que se asienta toda la vida cultural, incluido el conocimiento especializado. Es asimismo vital para una educación fecunda que se desarrolle en el joven una capacidad de pensamiento crítico independiente, proceso que corre graves riesgos si se sobrecarga al educando con distintas y variadas disciplinas. Este exceso lleva sin duda a la superficialidad. La enseñanza debe ser de tal índole que lo que se ofrece se reciba como un don valioso y no como un penoso deber.
(Albert Einstein, Mis creencias)
miércoles, 22 de diciembre de 2010
viernes, 12 de noviembre de 2010
Medidas de control
El otro día, el claustro del instituto decidió con casi total unanimidad (sólo hubo un voto en contra) cerrar durante los periodos de recreo las pistas deportivas (es decir, más de la mitad de la superficie del centro) porque hay algunos alumnos que se esconden entre las gradas para fumar y es imposible controlarlos.
jueves, 26 de agosto de 2010
Carta al padre
CARTA AL PADRE. Por F. Kafka (Extractos)
Querido padre:"Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.
"Para ti, el asunto fue siempre muy sencillo, por la menos por lo que hablabas al respecto en mi presencia y también, sin discriminación, en la de muchos otros. Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y a cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos) pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Ottla en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos. Si haces un resumen de tu juicio sobre mí, surge que no me reprochas nada que sea en realidad indecente o perverso (excepto, tal vez, mi reciente proyecto de matrimonio), sino mi frialdad, mi alejamiento, mi ingratitud. Y me lo echas en cara como si fuese culpa mía, como si mediante un golpe de timón hubiese podido, dar a todo esto un curso distinto, en tanto tú no tienes la menor culpa, salvo tal vez la de haber sido excesivamente bueno conmigo.
Esta consabida interpretación tuya me parece correcta sólo en lo que se refiere a tu falta de culpa en cuanto a nuestro distanciamiento. Pero también estoy yo igualmente exento de culpa. Si pudiera conseguir que reconocieras esto, entonces sería posible, no digo una vida nueva -para ello los dos somos ya demasiados viejos-, pero sí una especie de paz, no un cese, pero sí un atenuamiento de tus incesantes reproches.
Es extraño, pero tú tienes un presentimiento de lo que quiero decirte. Así por ejemplo, me dijiste hace poco: "Yo siempre te he querido, aunque no como ellos". Ahora bien, padre: yo en verdad nunca dudé de tu bondad para conmigo pero no me parece que tu observación sea exacta. Tú no sabes fingir, eso es cierto, pero si pretendes, sólo por esa razón, afirmar que los otros padres fingen, se trata, o bien de simple terquedad, imposible de discutir, o bien de una expresión encubierta de que hay algo que no anda bien entre nosotros, y que tú contribuyes a causar, aunque sin culpa. Si realmente es ésa tu opinión, estamos de acuerdo. No digo, por supuesto, que he llegado a ser lo que soy sólo por tu influencia. Eso sería muy exagerado (y bien que me siento atraído hacia tal exageración). Es muy posible que, aun si hubiese estado totalmente libre de tu influencia durante mi desarrollo, no hubiera podido llegar a ser tampoco la clase de persona que tú quieres.
Yo hubiese sido feliz teniéndote como amigo, como jefe, tío o abuelo, y hasta (aunque en esto ya vacilo) como suegro. Pero precisamente como padre has sido demasiado fuerte para mí, tanto más cuanto que mis hermanos murieron siendo niños aún, y las hermanas llegaron sólo mucho más tarde, de manera que yo tuve que soportar completamente solo el primer choque, y para eso era débil, demasiado débil.
Yo era un niño tímido, pero seguramente también terco, como deben ser los niños; sin duda mi madre me mimaba también, pero no puedo creer que fuera tan difícil tratarme que una palabra cariñosa, un
silencioso asirme de la mano, una mirada dulce no hubieran podido obtener de mí lo que quisieran. En el fondo, eres un hombre bueno y afable (esto no está en contradicción con lo que sigue, ya que solamente hablo de la apariencia con que influías sobre mí, cuando era niño), pero no todos los niños tienen la perseverancia y la intrepidez suficientes como para buscar mucho tiempo hasta llegar a la bondad.
Por cierto, no puedo describir ahora concretamente tus recursos educativos de los primeros años, pero bien puedo imaginármelos infiriéndolos de los años siguientes y de tu manera de tratar a Félix. Y debe considerarse que todo se acentuaba en aquel entonces, porque eras más joven, y en consecuencia más espontáneo, más fogoso, más primitivo, más despreocupado que hoy y que, además, te hallabas por completo absorbido por el negocio; que yo te veía apenas una vez en el día, y por lo tanto, la impresión que me causabas era más honda aún, y nunca llegó a disminuir con la costumbre.
Sólo recuerdo con claridad un suceso de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Una noche, yo, lloraba sin cesar pidiendo que me trajeran agua, no sin duda porque tuviera sed sino probablemente en parte para fastidiar y en parte para entretenerme. Como algunas amenazas violentas no habían producido efecto, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y me dejaste allí un rato, en camisa, solo ante la puerta cerrada. No pretenderé decir que eso estaba mal, puede ser que en ese momento no hubiese otra forma de conseguir el descanso nocturno, pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y su efecto sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un daño interior. Nunca pude establecer, de acuerdo con mi naturaleza, la relación correcta entre lo lógico, para mí, de aquel absurdo pedir agua con lo extraordinariamente terrible de verme llevado afuera. Todavía años más tarde me perseguía la visión aterradora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin motivo, venir de noche a sacarme de la cama y llevarme al balcón, a tal punto yo no era nada para él.
Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a
tu influencia. Me hubiese sido necesario un poco de estímulo, un poco de cordialidad que me allanara ligeramente el camino; en cambio, tú me cerrabas el paso, indudablemente con la buena intención de desviarme hacia otro. Pero yo no servía para eso. Tú, por ejemplo, me alentabas cuando hacía bien el saludo militar, el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me estimulabas cuando podía comer mucho y aún tomar cerveza, o cuando lograba repetir canciones incomprensibles o repetir tus frases usuales, pero nada de eso pertenecía a mi porvenir. En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, me hubiera sido necesario el estímulo. Si tu sola presencia física ya me aplastaba... Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desvestíamos juntos en una casilla. Yo flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no sólo frente a ti, sino ante el mundo entero, porque tú eras para mí la medida de todas las cosas. Pero después salíamos de la Casilla e íbamos entre la gente, yo tomado de tu mano, un esqueleto pequeño, vacilante, descalzo sobre las tablas, temeroso del agua, incapaz de imitar tus movimientos para nadar que, con la mejor intención, pero en realidad para mi vergüenza profunda, tú repetías constantemente para enseñarme.
A ella correspondía, además, tu supremacía espiritual. Tú habías llegado tan alto mediante tu propio esfuerzo que por eso tenías una ilimitada confianza en tu parecer. Desde tu sillón gobernabas el mundo. Tu opinión era la correcta, y cualquier otra, absurda, exagerada, insensata, anormal. Tu confianza en ti mismo era tan grande que no necesitabas siquiera ser consecuente para que no dejaras, sin embargo de tener razón. Podía suceder también que acerca de un asunto no tuvieras opinión alguna, pero entonces todas las opiniones que fueran posibles con respecto a ese asunto tenían que ser falsas sin excepción. Podrías, por ejemplo, despotricar contra los checos, después contra los judíos, y esto en cualquier sentido, sin discriminación alguna, y al fin no se salvaba nadie, excepto tú. Asumías ante mí el enigma de los tiranos, cuyo derecho se funda en su persona y no en la razón. Por lo menos, así me parecía.
Ahora bien, con asombrosa frecuencia tenías razón de hecho contra mí. En la conversación, esto se sobreentendía, pues casi nunca se hacía posible el diálogo entre nosotros, pero también la tenías en la
realidad. No obstante, esto tampoco era muy incomprensible: todos mis pensamientos se hallaban bajo tu poderosa presión, incluso también aquellos que no coincidían con los tuyos, y especialmente éstos.
Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa: "Yo ví cosas mejores", o "me conmueves con tus preocupaciones”… Naturalmente, no era posible exigirte que demostraras entusiasmo por cada pequeñez infantil, ya que vivías sumido en preocupaciones y problemas. Pero no se trataba de eso. Se trataba más bien de que siempre y de hecho ocasionabas desilusiones al niño con tu espíritu de contradicción.
Eso se refería tanto a los pensamientos como a los seres humanos. Bastaba con que yo demostrase algún interés por alguna persona (cosa que, debido a mi carácter, no sucedía muy a menudo) para que tú, en seguida, sin consideración alguna para mis sentimientos ni respeto por mi opinión, te entrometieras con insultos, difamaciones y calumnias. Incomprensible me resultó siempre tu absoluta insensibilidad por el daño y el dolor que podías ocasionarme con esas palabras y esos juicios; era como si, no tuvieses la menor conciencia de tu poder.
Como por lo común me encontraba contigo durante la hora de las comidas, tu enseñanza en gran parte versaba sobre el correcto comportamiento en la mesa. Lo que se colocaba sobre la mesa debía comerse; no era permitido opinar sobre la calidad de la comida, pero tú, a menudo, la encontrabas incomible, la llamabas "la bazofia", la "bestia" (la cocinera) la había echado a perder. Como, debido a tu apetito excelente y tu peculiar preferencia, tragabas la comida con rapidez, caliente, y a grandes bocados, los niños debían apresurarse; un silencio sombrío reinaba en la mesa, sólo interrumpido por amonestaciones: "primero come, después habla", o "pronto, pronto", o "mira, hace rato que yo terminé". Los huesos no podían morderse, pero tú sí podías; el vinagre no podía sorberse, pero tú sí podías. Lo principal era cortar el pan en forma correcta, pero no tenía importancia que tú lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa. Había que cuidar que no cayesen migas al suelo, pero al terminar, donde más restos había era debajo de tu silla. Una vez sentados a la mesa, sólo era permitido ocuparse en comer. Pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, sacabas punta a lápices, te hurgabas las orejas con escarbadientes. Te ruego, padre, que me comprendas bien: todos éstos hubieran sido detalles sin importancia, pero se tornaron deprimentes para mí porque tú, un hombre tan enormemente decisivo en mi vida, no cumplías los preceptos que me dictabas. Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor. Así se movían, no las reflexiones, sino los sentimientos del niño….
Y además, sin poder alegar nada en contrario, ya que contigo resulta imposible iniciar una conversación tranquila si no estás de acuerdo de antemano con el asunto que se tratará o, simplemente, si no parte de ti. Tu temperamento dominante no lo permite. En los últimos años eso lo explicabas atribuyéndolo a tu nerviosidad cardíaca, pero yo no puedo decir que alguna vez haya sido esencialmente distinto; cuanto más, esa nerviosidad cardíaca es para ti un pretexto para ejercer tu dominación, ya que tomarla en cuenta obliga al otro a ahogar forzosamente el último intento de contradicción. No se trata de un reproche, por supuesto, sino de la comprobación de una realidad.
La imposibilidad de una relación apacible tuvo otra consecuencia más, sin duda natural: perdí la costumbre de hablar. De cualquier manera, nunca seguramente hubiera llegado a ser un gran orador, pero hubiese dominado el lenguaje humano con fluencia normal. Pero desde muy temprano tú me prohibiste la palabra; tu amenaza: "¡ni una palabra de protesta!" y la mano levantada al mismo tiempo, me acompañan desde siempre. Adquirí una manera entrecortada, tartamudeante de hablar en tu presencia (cuando se trata de tus asuntos, tú eres un excelente orador), y aún eso era demasiado para ti, de manera que finalmente me quedé callado, al principio, tal vez por terquedad y más tarde porque en tu presencia no podía ni pensar ni hablar. Y como tú eras mi verdadero maestro, todo esto influyó para siempre sobre mi vida en general. Cometes un gran error si crees que nunca me he sometido a ti.
Y también en esto aparecía tu indescifrable falta de culpa e inmunidad; tú insultabas sin el menor escrúpulo, pero también condenabas y prohibías los insultos de los demás. Reforzabas los insultos con amenazas, y éstas ya me alcanzaban también a mí. Me aterraba, por ejemplo, la siguiente: "Te destrozaré como un pez". A pesar de saber yo que nada peor seguía a tales palabras (por cierto, cuando era niño no lo sabía), mi concepción de tu poder casi me convencía de que eras capaz de hacerlo.
Aquí pueden mencionarse también las amenazas acerca de las consecuencias de desobedecerte. Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable.
Perdí la confianza en mis actos.
Tenías singular confianza en la educación mediante la ironía. Ella era también lo que más se adecuaba a tu superioridad sobre mí. Una exhortación de tu parte tenía habitualmente esta forma: "¿No puedes hacer esto así o así?, ¿esto con seguridad ya sería demasiado para ti?, ¿para esto naturalmente ya no tienes tiempo?" u otra parecida, y cada una de estas preguntas acompañada por una sonrisa maliciosa y un rostro agrio. Uno estaba castigado, en cierto modo, antes de saber que había hecho algo malo.
Hubo también, por suerte, momentos de excepción, en particular cuando sufrías en silencio, y el amor y la bondad vencían con su intensidad los obstáculos y conmovían invariablemente. Sucedía raras veces, pero era maravilloso. Así por ejemplo, cuando se te veía en el negocio, en los ardientes días del verano, dormitando a mediodía, después del almuerzo, cansado, el codo apoyado en el escritorio; o cuando venías a visitarnos los domigos, en nuestro lugar de veraneo, rendido de fatiga; o cuando mi madre estaba gravemente enferma, y tú, estremecido por el llanto, te aferrabas a la biblioteca; o cuando estuve enfermo yo, la última vez, y viniste silenciosamente a verme, en el cuarto de Ottla, y te paraste en el umbral, y estiraste el cuello a fin de verme en la cama, y me saludaste sólo con la mano, por consideración. En tales momentos, se echaba uno a llorar de felicidad, y hoy vuelvo a llorar mientras lo escribo.
Tienes también un modo particularmente bello y poco frecuente de sonreír, tranquilo, apacible y afable, capaz de hacer por entero feliz a aquel que lo recibe. No puedo recordar si durante mi infancia tu sonrisa me fue dedicada especialmente alguna vez, pero sin duda ha debido ser así, ya que no puede admitirse que me la hayas negado entonces, cuando aún te parecía inocente, cuando era todavía tu gran esperanza.
Por mi parte, tampoco estas impresiones cordiales han tenido a la larga otro efecto que el de aumentar mi sentimiento de culpa, haciendo que el mundo me fuera más incomprensible aún.
Es verdad que mi madre fue infinitamente buena conmigo, pero aún esto se hallaba, a mi modo de ver, referido a ti: en relación nada buena por lo tanto. Mi madre, sin saberlo, desempeñaba el papel del batidor en una cacería. Ella intercedía con su bondad, con su palabra sensata (en la confusión de mi infancia ella era para mí el arquetipo de la sensatez), devolviéndome el equilibrio, pero también empujándome de nuevo hacia tu círculo, del cual, de otra manera, quizá me hubiera evadido, para bien de ambos. O bien la situación se presentaba de manera tal que no se producía una reconciliación verdadera; mi madre sólo me protegía, en secreto, de ti, me daba algo en secreto. Y entonces yo volvía a ser otra vez el ser que huye de la luz, el estafador, el culpable consciente, el cual, debido a su nulidad, debía alcanzar por caminos tortuosos aquello a que creía tener derecho.
Con mayor acierto dirigías tu aversión contra mi escribir y contra todo aquello que, desconocido para ti, se relacionaba con esa actividad. Realmente, en ella me había independizado y alejado un buen trecho de ti, aun cuando la situación recuerde la de un gusano que, aplastado por un pie en su parte trasera, avanza con la parte anterior y se arrastra hacia un costado. Me sentía en cierto modo a salvo, podía respirar; la aversión que por supuesto sentías por mis escritos me resultaba, por excepción, sumamente grata. Si bien mi vanidad y mi amor propio sufrían con ese saludo, ya famoso entre nosotros, con que recibías mis libros: "¡Déjalo sobre la mesa de luz!" (casi siempre estabas jugando a los naipes cuando llegaba mi libro), en el fondo eso me agradaba, no sólo por mi maldad no saciada todavía, no sólo por el placer de esa nueva confirmación de mi concepto acerca de nuestras relaciones, sino antes que nada porque aquella fórmula me sonaba como si dijeras: "¡Ahora eres libre!" Naturalmente, se trataba de un engaño, yo no era libre, o bien, en el caso más favorable, aún no lo era.
Mis escritos trataban de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía presentarte a ti, en persona. Era una despedida de ti, que yo dilataba intencionadamente, y a la cual tú me forzabas, pero que tomaba un camino elegido por mí.
Seguramente ninguno de vosotros tiene una relación tan traumática con su padre, aunque puede tener problemas para digerir la figura de la autoridad. ¿Qué opinaís de esta carta? ¿Está Kafka exagerando, porque es un "blando"? ¿No está cometiendo una injusticia con su padre? ¿Podía haber hecho algo diferente? ¿Qué papel debe representar un padre? ¿Es imaginable una carta similar dirigida a una madre?
...
Querido padre:"Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte, justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación. Y, aunque intente ahora contestarte por escrito, mi respuesta será, no obstante, muy incomprensible, porque también al escribir el miedo y sus consecuencias me inhiben ante ti, y porque la magnitud del tema excede mi memoria y mi entendimiento.
"Para ti, el asunto fue siempre muy sencillo, por la menos por lo que hablabas al respecto en mi presencia y también, sin discriminación, en la de muchos otros. Creías que era, más o menos, así: durante tu vida entera trabajaste duramente, sacrificando todo a tus hijos, en especial a mí. Por lo tanto, yo he vivido cómodamente, he tenido absoluta libertad para estudiar lo que se me dio la gana, no he tenido que preocuparme por el sustento, por nada, por lo tanto, y a cambio de eso, tú no pedías gratitud (tú conoces como agradecen los hijos) pero esperabas por lo menos algún acercamiento, alguna señal de simpatía; por el contrario, yo siempre me he apartado de ti, metido en mi cuarto, con mis libros, con amigos insensatos, con mis ideas descabelladas; jamás hablé francamente contigo, en el templo jamás me acerqué a ti, en Franzenbad no fui jamás a visitarte, tampoco he conocido el sentimiento de familia, ni me ocupé del negocio ni de tus otros asuntos, te endosé la fábrica y te abandoné luego, apoyé a Ottla en su terquedad, y mientras que por ti no muevo ni un dedo (si siquiera te traigo una entrada para el teatro), no hay cosa que no haga por mis amigos. Si haces un resumen de tu juicio sobre mí, surge que no me reprochas nada que sea en realidad indecente o perverso (excepto, tal vez, mi reciente proyecto de matrimonio), sino mi frialdad, mi alejamiento, mi ingratitud. Y me lo echas en cara como si fuese culpa mía, como si mediante un golpe de timón hubiese podido, dar a todo esto un curso distinto, en tanto tú no tienes la menor culpa, salvo tal vez la de haber sido excesivamente bueno conmigo.
Esta consabida interpretación tuya me parece correcta sólo en lo que se refiere a tu falta de culpa en cuanto a nuestro distanciamiento. Pero también estoy yo igualmente exento de culpa. Si pudiera conseguir que reconocieras esto, entonces sería posible, no digo una vida nueva -para ello los dos somos ya demasiados viejos-, pero sí una especie de paz, no un cese, pero sí un atenuamiento de tus incesantes reproches.
Es extraño, pero tú tienes un presentimiento de lo que quiero decirte. Así por ejemplo, me dijiste hace poco: "Yo siempre te he querido, aunque no como ellos". Ahora bien, padre: yo en verdad nunca dudé de tu bondad para conmigo pero no me parece que tu observación sea exacta. Tú no sabes fingir, eso es cierto, pero si pretendes, sólo por esa razón, afirmar que los otros padres fingen, se trata, o bien de simple terquedad, imposible de discutir, o bien de una expresión encubierta de que hay algo que no anda bien entre nosotros, y que tú contribuyes a causar, aunque sin culpa. Si realmente es ésa tu opinión, estamos de acuerdo. No digo, por supuesto, que he llegado a ser lo que soy sólo por tu influencia. Eso sería muy exagerado (y bien que me siento atraído hacia tal exageración). Es muy posible que, aun si hubiese estado totalmente libre de tu influencia durante mi desarrollo, no hubiera podido llegar a ser tampoco la clase de persona que tú quieres.
Yo hubiese sido feliz teniéndote como amigo, como jefe, tío o abuelo, y hasta (aunque en esto ya vacilo) como suegro. Pero precisamente como padre has sido demasiado fuerte para mí, tanto más cuanto que mis hermanos murieron siendo niños aún, y las hermanas llegaron sólo mucho más tarde, de manera que yo tuve que soportar completamente solo el primer choque, y para eso era débil, demasiado débil.
Yo era un niño tímido, pero seguramente también terco, como deben ser los niños; sin duda mi madre me mimaba también, pero no puedo creer que fuera tan difícil tratarme que una palabra cariñosa, un
silencioso asirme de la mano, una mirada dulce no hubieran podido obtener de mí lo que quisieran. En el fondo, eres un hombre bueno y afable (esto no está en contradicción con lo que sigue, ya que solamente hablo de la apariencia con que influías sobre mí, cuando era niño), pero no todos los niños tienen la perseverancia y la intrepidez suficientes como para buscar mucho tiempo hasta llegar a la bondad.
Por cierto, no puedo describir ahora concretamente tus recursos educativos de los primeros años, pero bien puedo imaginármelos infiriéndolos de los años siguientes y de tu manera de tratar a Félix. Y debe considerarse que todo se acentuaba en aquel entonces, porque eras más joven, y en consecuencia más espontáneo, más fogoso, más primitivo, más despreocupado que hoy y que, además, te hallabas por completo absorbido por el negocio; que yo te veía apenas una vez en el día, y por lo tanto, la impresión que me causabas era más honda aún, y nunca llegó a disminuir con la costumbre.
Sólo recuerdo con claridad un suceso de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Una noche, yo, lloraba sin cesar pidiendo que me trajeran agua, no sin duda porque tuviera sed sino probablemente en parte para fastidiar y en parte para entretenerme. Como algunas amenazas violentas no habían producido efecto, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y me dejaste allí un rato, en camisa, solo ante la puerta cerrada. No pretenderé decir que eso estaba mal, puede ser que en ese momento no hubiese otra forma de conseguir el descanso nocturno, pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y su efecto sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un daño interior. Nunca pude establecer, de acuerdo con mi naturaleza, la relación correcta entre lo lógico, para mí, de aquel absurdo pedir agua con lo extraordinariamente terrible de verme llevado afuera. Todavía años más tarde me perseguía la visión aterradora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin motivo, venir de noche a sacarme de la cama y llevarme al balcón, a tal punto yo no era nada para él.
Aquello fue entonces solamente un breve comienzo, pero esa sensación de nulidad que con frecuencia me domina (en otro sentido, sin duda, también una sensación noble y fértil), se debe en gran parte a
tu influencia. Me hubiese sido necesario un poco de estímulo, un poco de cordialidad que me allanara ligeramente el camino; en cambio, tú me cerrabas el paso, indudablemente con la buena intención de desviarme hacia otro. Pero yo no servía para eso. Tú, por ejemplo, me alentabas cuando hacía bien el saludo militar, el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me estimulabas cuando podía comer mucho y aún tomar cerveza, o cuando lograba repetir canciones incomprensibles o repetir tus frases usuales, pero nada de eso pertenecía a mi porvenir. En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, me hubiera sido necesario el estímulo. Si tu sola presencia física ya me aplastaba... Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desvestíamos juntos en una casilla. Yo flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no sólo frente a ti, sino ante el mundo entero, porque tú eras para mí la medida de todas las cosas. Pero después salíamos de la Casilla e íbamos entre la gente, yo tomado de tu mano, un esqueleto pequeño, vacilante, descalzo sobre las tablas, temeroso del agua, incapaz de imitar tus movimientos para nadar que, con la mejor intención, pero en realidad para mi vergüenza profunda, tú repetías constantemente para enseñarme.
A ella correspondía, además, tu supremacía espiritual. Tú habías llegado tan alto mediante tu propio esfuerzo que por eso tenías una ilimitada confianza en tu parecer. Desde tu sillón gobernabas el mundo. Tu opinión era la correcta, y cualquier otra, absurda, exagerada, insensata, anormal. Tu confianza en ti mismo era tan grande que no necesitabas siquiera ser consecuente para que no dejaras, sin embargo de tener razón. Podía suceder también que acerca de un asunto no tuvieras opinión alguna, pero entonces todas las opiniones que fueran posibles con respecto a ese asunto tenían que ser falsas sin excepción. Podrías, por ejemplo, despotricar contra los checos, después contra los judíos, y esto en cualquier sentido, sin discriminación alguna, y al fin no se salvaba nadie, excepto tú. Asumías ante mí el enigma de los tiranos, cuyo derecho se funda en su persona y no en la razón. Por lo menos, así me parecía.
Ahora bien, con asombrosa frecuencia tenías razón de hecho contra mí. En la conversación, esto se sobreentendía, pues casi nunca se hacía posible el diálogo entre nosotros, pero también la tenías en la
realidad. No obstante, esto tampoco era muy incomprensible: todos mis pensamientos se hallaban bajo tu poderosa presión, incluso también aquellos que no coincidían con los tuyos, y especialmente éstos.
Bastaba con estar contento por cualquier causa, absorbido por ella, llegar a casa y expresarla, para que la respuesta fuese un suspiro irónico, un meneo de cabeza, un golpeteo de los dedos sobre la mesa: "Yo ví cosas mejores", o "me conmueves con tus preocupaciones”… Naturalmente, no era posible exigirte que demostraras entusiasmo por cada pequeñez infantil, ya que vivías sumido en preocupaciones y problemas. Pero no se trataba de eso. Se trataba más bien de que siempre y de hecho ocasionabas desilusiones al niño con tu espíritu de contradicción.
Eso se refería tanto a los pensamientos como a los seres humanos. Bastaba con que yo demostrase algún interés por alguna persona (cosa que, debido a mi carácter, no sucedía muy a menudo) para que tú, en seguida, sin consideración alguna para mis sentimientos ni respeto por mi opinión, te entrometieras con insultos, difamaciones y calumnias. Incomprensible me resultó siempre tu absoluta insensibilidad por el daño y el dolor que podías ocasionarme con esas palabras y esos juicios; era como si, no tuvieses la menor conciencia de tu poder.
Como por lo común me encontraba contigo durante la hora de las comidas, tu enseñanza en gran parte versaba sobre el correcto comportamiento en la mesa. Lo que se colocaba sobre la mesa debía comerse; no era permitido opinar sobre la calidad de la comida, pero tú, a menudo, la encontrabas incomible, la llamabas "la bazofia", la "bestia" (la cocinera) la había echado a perder. Como, debido a tu apetito excelente y tu peculiar preferencia, tragabas la comida con rapidez, caliente, y a grandes bocados, los niños debían apresurarse; un silencio sombrío reinaba en la mesa, sólo interrumpido por amonestaciones: "primero come, después habla", o "pronto, pronto", o "mira, hace rato que yo terminé". Los huesos no podían morderse, pero tú sí podías; el vinagre no podía sorberse, pero tú sí podías. Lo principal era cortar el pan en forma correcta, pero no tenía importancia que tú lo hicieras con un cuchillo que chorreaba salsa. Había que cuidar que no cayesen migas al suelo, pero al terminar, donde más restos había era debajo de tu silla. Una vez sentados a la mesa, sólo era permitido ocuparse en comer. Pero tú te limpiabas y te cortabas las uñas, sacabas punta a lápices, te hurgabas las orejas con escarbadientes. Te ruego, padre, que me comprendas bien: todos éstos hubieran sido detalles sin importancia, pero se tornaron deprimentes para mí porque tú, un hombre tan enormemente decisivo en mi vida, no cumplías los preceptos que me dictabas. Por esa razón el mundo quedó para mí dividido en tres partes: una donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, y a las que, además, no sabía porqué, no podía adaptarme por entero; luego, un segundo mundo, infinitamente distinto del mío, en el que vivías tú, ocupado en gobernar, impartir órdenes y enfadarte por su incumplimiento; y, finalmente, un tercer mundo donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia. Yo me hallaba siempre en una vergonzosa situación: o bien obedeciendo tus órdenes, lo cual implicaba una afrenta, ya que sólo tenían vigencia para mí, o bien adoptando una actitud obstinada, lo que también era ignominioso, ya que era imposible mantenerse obstinado frente a ti, o bien no podía obedecerte porque no poseía, simplemente, ni tu fuerza, ni tu apetito, ni tu habilidad, a pesar de que tu exigías eso como algo que se da por sobreentendido; y ésta era sin duda la vergüenza mayor. Así se movían, no las reflexiones, sino los sentimientos del niño….
Y además, sin poder alegar nada en contrario, ya que contigo resulta imposible iniciar una conversación tranquila si no estás de acuerdo de antemano con el asunto que se tratará o, simplemente, si no parte de ti. Tu temperamento dominante no lo permite. En los últimos años eso lo explicabas atribuyéndolo a tu nerviosidad cardíaca, pero yo no puedo decir que alguna vez haya sido esencialmente distinto; cuanto más, esa nerviosidad cardíaca es para ti un pretexto para ejercer tu dominación, ya que tomarla en cuenta obliga al otro a ahogar forzosamente el último intento de contradicción. No se trata de un reproche, por supuesto, sino de la comprobación de una realidad.
La imposibilidad de una relación apacible tuvo otra consecuencia más, sin duda natural: perdí la costumbre de hablar. De cualquier manera, nunca seguramente hubiera llegado a ser un gran orador, pero hubiese dominado el lenguaje humano con fluencia normal. Pero desde muy temprano tú me prohibiste la palabra; tu amenaza: "¡ni una palabra de protesta!" y la mano levantada al mismo tiempo, me acompañan desde siempre. Adquirí una manera entrecortada, tartamudeante de hablar en tu presencia (cuando se trata de tus asuntos, tú eres un excelente orador), y aún eso era demasiado para ti, de manera que finalmente me quedé callado, al principio, tal vez por terquedad y más tarde porque en tu presencia no podía ni pensar ni hablar. Y como tú eras mi verdadero maestro, todo esto influyó para siempre sobre mi vida en general. Cometes un gran error si crees que nunca me he sometido a ti.
Y también en esto aparecía tu indescifrable falta de culpa e inmunidad; tú insultabas sin el menor escrúpulo, pero también condenabas y prohibías los insultos de los demás. Reforzabas los insultos con amenazas, y éstas ya me alcanzaban también a mí. Me aterraba, por ejemplo, la siguiente: "Te destrozaré como un pez". A pesar de saber yo que nada peor seguía a tales palabras (por cierto, cuando era niño no lo sabía), mi concepción de tu poder casi me convencía de que eras capaz de hacerlo.
Aquí pueden mencionarse también las amenazas acerca de las consecuencias de desobedecerte. Si comenzaba a hacer algo que no fuera de tu gusto y tú me amenazabas con el fracaso, el respeto por tu opinión era tan grande en mí, que el fracaso, aunque fuese mucho más tarde, era irremediable.
Perdí la confianza en mis actos.
Tenías singular confianza en la educación mediante la ironía. Ella era también lo que más se adecuaba a tu superioridad sobre mí. Una exhortación de tu parte tenía habitualmente esta forma: "¿No puedes hacer esto así o así?, ¿esto con seguridad ya sería demasiado para ti?, ¿para esto naturalmente ya no tienes tiempo?" u otra parecida, y cada una de estas preguntas acompañada por una sonrisa maliciosa y un rostro agrio. Uno estaba castigado, en cierto modo, antes de saber que había hecho algo malo.
Hubo también, por suerte, momentos de excepción, en particular cuando sufrías en silencio, y el amor y la bondad vencían con su intensidad los obstáculos y conmovían invariablemente. Sucedía raras veces, pero era maravilloso. Así por ejemplo, cuando se te veía en el negocio, en los ardientes días del verano, dormitando a mediodía, después del almuerzo, cansado, el codo apoyado en el escritorio; o cuando venías a visitarnos los domigos, en nuestro lugar de veraneo, rendido de fatiga; o cuando mi madre estaba gravemente enferma, y tú, estremecido por el llanto, te aferrabas a la biblioteca; o cuando estuve enfermo yo, la última vez, y viniste silenciosamente a verme, en el cuarto de Ottla, y te paraste en el umbral, y estiraste el cuello a fin de verme en la cama, y me saludaste sólo con la mano, por consideración. En tales momentos, se echaba uno a llorar de felicidad, y hoy vuelvo a llorar mientras lo escribo.
Tienes también un modo particularmente bello y poco frecuente de sonreír, tranquilo, apacible y afable, capaz de hacer por entero feliz a aquel que lo recibe. No puedo recordar si durante mi infancia tu sonrisa me fue dedicada especialmente alguna vez, pero sin duda ha debido ser así, ya que no puede admitirse que me la hayas negado entonces, cuando aún te parecía inocente, cuando era todavía tu gran esperanza.
Por mi parte, tampoco estas impresiones cordiales han tenido a la larga otro efecto que el de aumentar mi sentimiento de culpa, haciendo que el mundo me fuera más incomprensible aún.
Es verdad que mi madre fue infinitamente buena conmigo, pero aún esto se hallaba, a mi modo de ver, referido a ti: en relación nada buena por lo tanto. Mi madre, sin saberlo, desempeñaba el papel del batidor en una cacería. Ella intercedía con su bondad, con su palabra sensata (en la confusión de mi infancia ella era para mí el arquetipo de la sensatez), devolviéndome el equilibrio, pero también empujándome de nuevo hacia tu círculo, del cual, de otra manera, quizá me hubiera evadido, para bien de ambos. O bien la situación se presentaba de manera tal que no se producía una reconciliación verdadera; mi madre sólo me protegía, en secreto, de ti, me daba algo en secreto. Y entonces yo volvía a ser otra vez el ser que huye de la luz, el estafador, el culpable consciente, el cual, debido a su nulidad, debía alcanzar por caminos tortuosos aquello a que creía tener derecho.
Con mayor acierto dirigías tu aversión contra mi escribir y contra todo aquello que, desconocido para ti, se relacionaba con esa actividad. Realmente, en ella me había independizado y alejado un buen trecho de ti, aun cuando la situación recuerde la de un gusano que, aplastado por un pie en su parte trasera, avanza con la parte anterior y se arrastra hacia un costado. Me sentía en cierto modo a salvo, podía respirar; la aversión que por supuesto sentías por mis escritos me resultaba, por excepción, sumamente grata. Si bien mi vanidad y mi amor propio sufrían con ese saludo, ya famoso entre nosotros, con que recibías mis libros: "¡Déjalo sobre la mesa de luz!" (casi siempre estabas jugando a los naipes cuando llegaba mi libro), en el fondo eso me agradaba, no sólo por mi maldad no saciada todavía, no sólo por el placer de esa nueva confirmación de mi concepto acerca de nuestras relaciones, sino antes que nada porque aquella fórmula me sonaba como si dijeras: "¡Ahora eres libre!" Naturalmente, se trataba de un engaño, yo no era libre, o bien, en el caso más favorable, aún no lo era.
Mis escritos trataban de ti: en ellos quedaban consignadas las quejas que yo no podía presentarte a ti, en persona. Era una despedida de ti, que yo dilataba intencionadamente, y a la cual tú me forzabas, pero que tomaba un camino elegido por mí.
Seguramente ninguno de vosotros tiene una relación tan traumática con su padre, aunque puede tener problemas para digerir la figura de la autoridad. ¿Qué opinaís de esta carta? ¿Está Kafka exagerando, porque es un "blando"? ¿No está cometiendo una injusticia con su padre? ¿Podía haber hecho algo diferente? ¿Qué papel debe representar un padre? ¿Es imaginable una carta similar dirigida a una madre?
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sábado, 12 de junio de 2010
No verdades en educación
La red IRES (Investigación y renovación escolar) tiene un manifiesto, que podéis leer aquí, y con el cuál estoy de acuerdo (claro que sus principios son muy generales y fundamentales, y no sé si estaría de acuerdo con los detalles). El manifiesto dice que no son verdad ciertas cosas que, increíblemente, pasan por ser verdaderas. Os recomiendo que lo leáis. Yo voy a copiaros y comentar algunos pasajes:"No es verdad que en la escuela española actual predomine un modelo de enseñanza diferente al tradicional
A pesar de que hay importantes argumentos en contra de la forma tradicional de enseñar, la cultura escolar dominante en España sigue basándose en la transmisión directa de contenidos inconexos y, no pocas veces, desfasados e irrelevantes, en el aprendizaje mecánico y repetitivo, en la evaluación selectiva y sancionadora y en la prolongación de la jornada escolar de los menores con abundantes deberes y tareas. La mayoría de los alumnos y alumnas siguen teniendo grandes dificultades para comprender lo que se les enseña y, como siempre ha ocurrido, acaban identificando el saber con la capacidad de retener información hasta el día del examen."
Para mi opinión, esto es innegable. Y se trata de algo esencial. Nadie debe aprender así (no se aprende nada) ni se puede aprender así (no se aprende bien).
El cambio de educación, como dice el manifiesto (y ya hemos hablado otras veces), no es posible sin un cambio social, cultural y comunitario.Otra cosa es cómo se imagina uno ese mundo mejor. Lo que yo me imagino sobre eso lo voy a escribir pronto y lo publicaré aquí.
"No es verdad que en la escuela española hayan bajado los niveles de exigencia
Basta comparar los libros de texto de hoy con los de antes para comprobar que cada vez se pretende enseñar más contenidos, con formulaciones más abstractas y en edades más tempranas. Muchos padres y madres no entienden los libros de texto que con frecuencia protagonizan las tardes familiares. Cada vez es más difícil para los docentes acabar el programa del curso. Cada vez es más pesada la carga académica de los estudiantes. Cada vez hay más asignaturas."
Ya sé que cualquiera puede oír a profesores (y padres) decir que antes sabíamos más. Pero eso es completamente falso. Sólo hay que ver la competencia de los adultos españoles en cualquier área; sólo hay que preguntarles cualquier cosa, del libro de primero de la ESO de cualquier materia que no sea la suya (y, si me apuráis, del de la suya misma).
"No es verdad que los alumnos y alumnas de ahora sean peores que los de antes
Son diferentes, pero no peores."
Me parece hasta increíble que hay que decir esto. Pero resulta menos increíble si pensamos que la información está controlada por adultos, y que los adultos tienden a quedarse en el pasado idealizado.
Mi experiencia es que hay un montón de adolescentes (todos, en realidad, aunque algunos tengan menos interés por lo que nos interesa que les interese) con una viveza y curiosidad intelectual que es muy difícil encontrar en la calle o en la sala de profesores.
Una gran mentira, muy repetida por la prensa (que, como dice el manifiesto, vive del espectáculo) es: “antes había más respeto”. Antes, en todo caso, había más temor a la autoridad. El respeto es una cosa mucho más importante. Nadie que ocupe un puesto ideológico superior (como un profesor, o un padre) puede acusar al “inferior” de falta de respeto: él se lo habrá ganado (más bien, dejado de ganar)
"No es verdad que los docentes españoles tengan un exceso de formación pedagógica y un déficit de formación en contenidos"
Otra vez, algo que me resulta increíble que haya que decir. Los profesores españoles oficialmente estudiamos, como mucho, el CAP (curso de aptitud pedagógica), que duraba unos dos meses, y la mayoría nos lo tomamos a cachondeo. No tenemos ni idea de psicología del joven, de pedagogía, etc. Incluso hay algunos que dicen que no hace falta estudiar nada de eso porque la Pedagogía no es una ciencia. Curiosamente ¡eso lo dice un filósofo! Los filósofos ni siquiera están de acuerdo en cómo definirse, cuánto menos en qué deben enseñar.
El manifiesto acaba diciendo que otra escuela existe y es posible:
"1. Centrada en los estudiantes y en su desarrollo integral (corporal, intelectual, social, práctico, emocional y ético).
2. Con contenidos básicos vinculados a problemáticas relevantes de nuestro mundo, buscando la calidad frente a la cantidad, la integración de materias frente a la separación.
3. Con metodologías investigativas que promuevan aprendizajes concretos y funcionales, al mismo tiempo que capacidades generales como la de aprender a aprender. Donde el esfuerzo necesario para aprender tenga sentido.
4. Con recursos didácticos y organizativos modernos y variados. Una escuela que utilice de forma inteligente y crítica los medios tecnológicos de esta época.
5. Con formas de evaluación formativas y participativas que abarquen a todos los implicados (estudiantes, docentes, centros, familias y administración), que impulsen la motivación interna para mejorar y que contemplen a las personas en todas sus dimensiones.
6. Con docentes formados e identificados con su profesión. Mediadores críticos del conocimiento. Dispuestos al trabajo cooperativo y en red. Estimulados para la innovación y la investigación.
7. Con una ratio razonable y con profesorado ayudante y en prácticas. Con momentos para diseñar, evaluar, formarse e investigar.
8. Con un ambiente acogedor, donde los tiempos, espacios y mobiliarios estimulen y respeten las necesidades y los ritmos de los menores.
9. Cogestionada con autonomía por toda la comunidad educativa. Que promueva la corresponsabilidad del alumnado. Comprometida con el medio local y global.
10. Auténticamente pública y laica. Con un marco legal mínimo basado en grandes finalidades y obtenido por un amplio consenso político y social."
¿Qué os parece?
miércoles, 9 de junio de 2010
La Filosofía y ellos (vosotros)
Algunos no tienen bastante con dos cursos de Filosofía y, con gran valor (u osadía, dirán algunos) se meten en la licenciatura, y hasta la disfrutan. ¿Qué será de ellos el día de mañana?
(Encontré este vídeo enlazado en el blog Boulesis)
(Encontré este vídeo enlazado en el blog Boulesis)
viernes, 4 de junio de 2010
Tú y la Filosofía
Ahora que se acerca el final del curso de Filosofía (que no el final de la Filosofía, ni de este blog: siempre habrá un post “de guardia”), os pregunto, te pregunto:
¿Qué te ha dado la Filosofía?
Al empezar el curso discutíamos si sirve para algo. ¿Sirve, entonces, para algo? ¿Para qué?
¿Sabes ahora QUÉ ES FILOSOFÍA (o qué es algo)?
¿Cómo la “enseñarías” tú? Decía Kant que él no enseñaba filosofía sino a filosofar. ¿Cómo se puede hacer eso?
¿Te parece que está bien representada en el curriculum, con dos horas semanales en primero de Bachillerato y tres en segundo (recuerda que, por ejemplo, la Lengua o las Matemáticas se estudian todos los cursos, desde pequeñito hasta viejo, unas tres o cuatro horas semanales; o que Religión se estudia también todos los cursos, desde preesecolar, dos horas semanales cada curso)? ¿Debería tener más horas, o menos?
¿Qué te ha dado la Filosofía?
Al empezar el curso discutíamos si sirve para algo. ¿Sirve, entonces, para algo? ¿Para qué?
¿Sabes ahora QUÉ ES FILOSOFÍA (o qué es algo)?
¿Cómo la “enseñarías” tú? Decía Kant que él no enseñaba filosofía sino a filosofar. ¿Cómo se puede hacer eso?
¿Te parece que está bien representada en el curriculum, con dos horas semanales en primero de Bachillerato y tres en segundo (recuerda que, por ejemplo, la Lengua o las Matemáticas se estudian todos los cursos, desde pequeñito hasta viejo, unas tres o cuatro horas semanales; o que Religión se estudia también todos los cursos, desde preesecolar, dos horas semanales cada curso)? ¿Debería tener más horas, o menos?
miércoles, 5 de mayo de 2010
¿Dónde está Finlandia?
Dicen que el mejor sistema educativo es el de Finlandia.
¡NO PUEDE SER,
porque:
-Los colegios no tienen vallas
-aprueba prácticamente todo el mundo (menos de un 1% de fracaso escolar)
-tienen descansos cada 45 minutos
-tienen muy pocas horas de clase
-una tercera parte de ellas son prácticas
-se toman las clases como un juego
-los alumnos se autoevalúan
-los profesores ¡creen en la pedagogía y se dedican a motivar al alumno!
-ningún alumno es "maleante" ni "vago"
-no se separa a los buenos y sabios de los malvados e ignorantes
-no existe prácticamente la enseñanza privada,
-ser profesor es como ser aquí ser médico, está bien considerado y tiene un alto nivel de formación, tanto en su materia como en pedagogía
-etc, etc
ES IMPOSIBLE QUE UN SISTEMA ASÍ SEA UN MODELO!
¡NO PUEDE SER,
porque:
-Los colegios no tienen vallas
-aprueba prácticamente todo el mundo (menos de un 1% de fracaso escolar)
-tienen descansos cada 45 minutos
-tienen muy pocas horas de clase
-una tercera parte de ellas son prácticas
-se toman las clases como un juego
-los alumnos se autoevalúan
-los profesores ¡creen en la pedagogía y se dedican a motivar al alumno!
-ningún alumno es "maleante" ni "vago"
-no se separa a los buenos y sabios de los malvados e ignorantes
-no existe prácticamente la enseñanza privada,
-ser profesor es como ser aquí ser médico, está bien considerado y tiene un alto nivel de formación, tanto en su materia como en pedagogía
-etc, etc
ES IMPOSIBLE QUE UN SISTEMA ASÍ SEA UN MODELO!
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